Hoy intenté levantarme. Una vez. Dos. Pero no pude: me supera el calambre. Ya sé que me comporto de manera estúpida, no necesito a un coherente que me lo repita, pero hubo una etapa en la que aquello que hoy está ahí, afuera, el sorgo y la alfalfa que se extienden hasta el horizonte, fue enteramente mío y es lógico que ahora se me antoje no quedarme quieto. Desde acá, la ventana que tengo adelante se asemeja a un muro socarrón; un rectángulo sonoro que me desafía a sortearlo. Y no es que me considere un histérico que tiene por costumbre sobredimensionar todo lo que le pasa: la cuestión es sencilla: no puedo. No quiero remontarme a lo que pudo haber sido, volver atrás, la mañana resbalosa de llovizna, preparar el caballo manso, ése que se deja hacer cualquier cosa, después del desayuno a medio masticar el beso con un latigazo de labios a una mujer que ya no duerme conmigo, o saludar con una cachetada en el hombro al Cordobés, ese tordo descalabrado que mi padre intentó castrar de chico...