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Mostrando las entradas de diciembre, 2011

Felicidades y hasta quién sabe cuándo

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Bolita

La pesadez hecha bolita entre los dedos. Y golpear un útero cuadrado cuando el disco deja de murmurar la canción esperada. Repiqueteo de nalgas al aire. Agua con gas en la garganta para custodiar esa escalera por la que sólo suben los que ya no van a ninguna parte. Abrazar las palabras que nunca escribimos nos hace menos despreciables ¿no es cierto? Magnánimos con un fuerte olor a orina de anciano muerto de hambre. Ingratos con el tiempo: de cruzar los meses se trata -apenas- esta amarga aventura de piratas con dos piernas y galeones que nunca se hunden... De escribir ciento uno menos cien anhelos con la mano y borrarlos con las escamas del codo: hasta caer de la planta. Madurar hasta volverme un individuo. Se pudre la madera y muere asado el último duende de las sonrisas desdentadas... Agujero en las muelas. ¡Hola, niño-porquería! ¿Por qué no me advertiste de mí? ¿Y ahora qué hago con este metro ochenta y pico? Con este pelo largo en rodete y mis pestañas de pararrayos. Las cejas b…

Robin, en La Ciudad Captada

Robin, el texto que escribí para la Noche de las Librerías -y al que pueden acceder haciendo clic aquí-, apareció publicado en el blog La Ciudad Captada de Eternautas. El escrito formó parte de una iniciativa en la que también participaron autores como Hernán Ronsino, Juan Guinot, Alejandra Zina, Juan Marcos Almada, Nicolás Correa, Sebastián Pandolfelli, Oliverio Coelho, Gustavo Nielsen, José María Marcos, Marcelo Guerrieri, y Daniel Link, entre otros. Para acceder a La Ciudad Captada, clic aquí.

Robin

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El texto a continuación integró el evento Postales Privadas de una Ciudad Vista y Narrada que, con motivo de la última Noche de las Librerías, se llevó a cabo el 26 de noviembre. La iniciativa partió de una consigna: el organizador entregaba una fotografía a cada autor y, en base a esa imagen, el escritor debía concebir un texto de menos de 400 palabras. A partir de la foto tomada por Martín Lopo, trabajamos el escrito que sigue más abajo. Robin Joven maravilla. El pequeño Robin, me decías. Y yo no entendí el por qué hasta hoy, que me veo tatuado en la pared. Con ese pelito colorado del que apenas si me quedan dos mechones. Con los brazos torneados, musculosos, que cada hora pesan más que la sábana con la que te tapé la cara hace casi dos años. Esos ojos, los míos, atentos a un horizonte que dejé de ver cuando empezaron las primeras inyecciones. Las pastillitas de colores. Los buches que se llevaron mis dientes. ¿Adónde quedó mi pecho firme? ¿Quién se robó mi entrepierna de…