Paredes

Alambre. Sujetando cada dedo de mi pie. Mientras juego con el bigote a que la luna es opaca y tu sonrisa una lápida a la que no le sobra ninguna letra. Si supieras que me he bebido todo el agua mucho antes de que nacieras... Y que he posado mi cabeza sobre leones dormidos que cuentan personas para no despertar. Tal vez. Sí: tal vez. Podrías elevarte de mi techo y contarme los espacios entre los dientes como ese primer amanecer. Con una hoja de tabaco. Relatar como era mi ombligo antes de que tus manos tibias se posaran sobre mi vientre... Hasta que yo pronuncie un “no me claves a tu cruz” y te obligue, como cada miércoles de nieve seducida, a pintarte el rostro un segundo antes de servir la cena...

¿No te aburre aplastarle la cabeza siempre al mismo enano? Una nube escarlata me advirtió que puedo volverme árbol -y secarme- antes de que bajes el cierre del último suspiro dedicado a mi cabello. No mientas. Las paredes de tu rostro están hechas para ser trepadas sin esfuerzo. Y ya siento sobre mi espalda la mirada curiosa de aquellos principiantes que quieren probar suerte en tu pantano de juguete. Rutina de la amargura. Levanto los labios una y otra vez para comprobar cuán inútil es asignarle un color a las palabras. A tu alrededor, la angustia escribe diccionarios. Y el vacío acomoda las sábanas con cuidado para que no manches el colchón cuando, ya de madrugada, tu último pensamiento feliz decida retirarse entre náuseas y sin apagar la luz.

Versículo primero de una caricia escindida en fascículos. Aprendí a contar carcajadas cada vez que encendías un ventarrón de arena en pleno dormitorio. Y hoy, mientras separo las piernas para que tus abrazos no me empapen, tuerzo el mentón sin pensar en cuántas habrán sido las costillas con las que desperté esta mañana. Me están permitidos la hojarasca y el cariño envidioso. Sólo eso. La última piedra que me golpeó, la última vez que levanté la inocencia para contemplar el azul del paisaje, apenas si me dejó fuerzas para suplicar. Ahora, enamorado del sebo, pretendo el silencio. Y un reloj transparente. Para disimular ausencias. Para no volver a verme...

7 de abril de 2006

Comentarios

Anónimo dijo…
Excelente la frase "la angustia escribe diccionarios". Tiene una claridad y una profundidad inmensa. Es tuya la frase?
Muy bueno el bog en general.
Anónimo dijo…
bueno, el vacío acomoda las sábanas con cuidado...el versículo primero de una caricia escindida en fascículos.
Sabes, Pato, hoy vi "el lado oscuro del corazón", y no puedo desligarme de la poesía de GIrondo en toda la película, y lo profundo de todo eso.
Y acá, como que sigo profundizando con tu escrito.

besos y abrazos!!!

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