A la Pared

Es el psiquiatra. Ajá. No sé como, pero pude percibir un tenue murmullo frío (tal vez un eructo que eligió salir, sin autorización gubernamental, de mi garganta) cuando el perito asomó la cabeza. Reconocí su figura encorvada (como si -durante la adolescencia- un poste de quebracho le hubiese destrozado la espalda) a través de un bocado de gripe; una enredadera esmeralda-gelatina que lancé contra la maceta preferida de mi madrina. Mientras intentaba afinar la puntería de mi labio leporino (“¡Boca de conejo!”, gritaba mi padrino cuando me descubría pateando esas gallinas que tanto cuidaba) reconocí sus zapatos: marrones, imitación borceguíes pero livianos a la vista, sin punteras o refuerzo de costuras a la altura de las uñas, cuero de vaca cubierto de cebo: pomada para evitar las grietas y, al mismo tiempo, aislar al calzado de cualquier posible aguacero. La suela es alta, irregular a modo de serrucho (dientes ligeramente encorvados hacia el sur del zapato) cosida al cuero en dibujos que simulan el recorrido de una babosa de jardín; los cordones (de nylon trenzado) mantienen el tono, recubiertos de plástico en los extremos, no hay grandes ornamentaciones, sólo unos apliques de metal destinados a la extensión de los cordones ya mencionados, y un aire que permite comparar a estos zapatos con los típicos botines de fútbol. Particularmente, no me gustan. Menos aún que el tipo los combine con medias de toalla azules (martirizadas con motivos en verde o amarillo fluo) En fin, ahora lo tengo frente a mí. Contemplándome. Solo. Y debo murmurar que, por un momento, (quizás un pestañeo de insolencia en el que rejuvenecí mis recuerdos) dudé entre agradecer su presencia o no; o sea, maldecirlo por que aquello que, a mi pesar (ese pesar azabache en el que nadie adivina un siempre titilante haz de luz) tendría que dejar pendiente.

Podría desentenderme de cualquier deducción (lo sé) pero nunca faltará aquel que grite, abrazado a mi tímpano, un arrugado “¡Pobre! Nunca pudo superar esa etapa...”. Aclaro: la injuria es imprecisa, y esa mala apreciación no ha cambiado desde la primera vez que un “especialista” (me permito desconfiar) vino por mí. Porque resulta inútil, aburrido, incoloro, buscarle un lunar gemelo, un mapa de certezas, a algo tan sencillo como, por ejemplo, caminar todos los días una cuadra -al caer el sol o la lluvia- para dar con un paredón que me pertenece. Sí: un paredón. Nadie puede acusarme por la dicha -ese regocijo; alivio para la pesadez de mis piernas- que me hace tiritar al verme reflejado en un muro blanco, perfectamente albino, de bloques rugosos cual arruga sobre un vientre taciturno; ladrillos apareados a la fuerza, incongruentes, hijos de una cesárea que los ha cortado de canto, hundidos a manotazos inesperados.

Desde la mecedora, mientras escarbo en mis mejillas hasta dar con los últimos granos de maíz que dejó un acné tardío, dibujo con las cejas, en el aire saturado de mosquitos, las últimas expresiones que ahuyentan la posibilidad (siempre latente) de que grite hasta que el mundo sangre por los oídos. “¿Con quién lo dejamos hoy?”. “Una colonia de vacaciones le vendría bien”. “Ponele un pantalón corto que debe tener calor...”. No, encías de sapo: no me dejen. No me viene bien. No tengo calor. No cambien por nada mis excursiones al muro. Pregúntense: por algo arrastro la pierna derecha al caminar. Por algo siempre gasto -de manera despareja- la suela de una zapatilla que no elegí. Por algo (¿No pueden arrancarse las pupilas y observarme desnudo?) sepulté, vaya si sepulté -a la par de las sonrisas que dan sentido a una broma- el disfraz de todas esas palabras (lenguaje para unos, comunicación para otros) que antes chorreaban de mi boca. Porque la baba que ustedes limpian, con la que yo firmo mis meditaciones (y la ropa interior que la vecina cuelga en su cordel) es eso: un verso que no diré; certezas que no quiero compartir. Ahora, necesito arrodillarme frente a esa mole de leche congelada, que jamás opta por acomodarse un par de anteojos sobre el tabique (para robarme quién soy, qué me toca vivir, adónde me hallará -pasado mañana- esa telaraña de achaques que escupe todo calendario) Voy a adelantar una pantorrilla. Luego, deslizaré la otra: la que sobra de mi carne. Dejaré atrás: los canteros de malvones que recubren la entrada. La cerca de madera, pelada de hongos. La vereda de pisos cicatrizados de grietas y canales. Ya no quiero sentarme sobre las baldosas; cruzar los codos hasta abrazarme; esperar una tormenta pasajera. Porque el dibujo de los mosaicos de la acera nunca coincide, y a veces encuentro cucarachas aplastadas, palitos secos, que le impiden al agua de lluvia rodar a través de los tajos de un suelo petrificado; mi dedo se cansa de abrir canales para ese río ínfimo, y entonces las líneas húmedas se hacen un mar que maquilla la vereda por completo; la caída bajo el cordón, en ese intervalo, se hace un torrente atropellado, púber, que no respira hasta dar con la boca de tormenta apropiada.

Sólo el paredón retiene la belleza del equilibrio: lo respeta. Lo respeto. Y desde una cima áspera, eterna, el muro permite que cada ladrillo satisfaga su estómago de polvo; un vómito potable y transparente que lava el rostro de esa frontera necesaria. Y digo necesaria porque nunca -y que un rayo caiga sobre mi cabeza si miento- pensé en trepar ese paredón altivo, amo de una insolencia que me obliga a inclinar la cabeza y apartar los ojos húmedos, para contemplar aquello que, a los necios, el cemento Niega. Silencia. Oculta. Destierra.

Menos aún me resulta posible dilucidar aquello que se despliega -de seguro- a espaldas de este cadáver reseco que alienta mi silencio. Prefiero mantener con él, aumentar, esta relación de mutualismo que nos une; respetar el gesto obnubilado que amenaza conmovernos cada vez que nos hallamos frente a frente. Porque, en nuestro carnaval de seguridades mudas, las preguntas no existen. Igualmente -de ser necesario- no dudaría en compartir con el paredón esa puñalada en la sien que, una vez violado el amanecer, me invita todos los días a permanecer ausente dentro de mí. Confío. Apuesto mi única rodilla útil a que el muro, de pedírselo, no dudaría en descargar de mis hombros la plegaria impotente que hoy, como la cal, me lastima; se dejaría desmoronar, cascote a cascote, para enseñarme como él también sangra a través de un tórax despintado; perece devorado por esa bruma imperceptible, dolorosa, que el viento del otoño se encarga de sostener a cada hora.

Hoy quizás no me permitan verlo; ablandar la calle a pisotones hasta girar el flequillo desparejo y toparme con su afonía. El sonido no es necesario. Sólo me basta con tocarlo (de vez en cuando) arrancarme el cuero de las manos merced a su revoque añejo. Pero el convencimiento de la semejanza, la simultaneidad de las ausencias, culmina siempre por refrescarme que existe un vínculo que es preciso respetar.

En este momento, otro psiquiatra descansa, sentado a mi derecha, recubierto con medias ridículas, y, segundo por medio, pugna por enarbolar una palabra que finalmente convenza a mis padrinos respecto del cálido lugar al cual aspira condenarme. “Dispondrá de baño privado”. “La interacción con profesionales especializados lo hará hablar, ya verán...”. Nadie pregunta cuántos minutos dura una paliza diaria. Tampoco las intoxicaciones por suministros de drogas experimentales. “El clima de grupo le ayudará a insertarse”. La inserción, de acuerdo a un reglamento interno alternativo, incluye desgarros anales y un baile al son de las hojas de afeitar de los maníacos depresivos. “El centro dispone de una vigilancia permanente durante las 24 horas”. La mitad de ellas, los guardias (policías retirados disconformes con sus respectivas jubilaciones) fuerzan a los esquizofrénicos a defecar sobre un plato para luego, en medio de un aplauso cerrado, obligarlos a comer de su propia mierda. El ocio y la ausencia de inspecciones (o visitas de familiares) estimulan la creatividad: se realizan apuestas en dinero para comprobar cual de todos los ancianos resulta ser el que más cantidad de excrementos consume sin caer en la convulsión o el desmayo.

La valija está lista: mi padrino paga por adelantado. Lo comprendo: él buscó en mí a ese hijo que no tuvo, algo inusual para su vida de vacaciones lujosas en completa soledad, pero tanta originalidad (la mía) terminó por superarlo. No es su culpa; tampoco que a los 17 años un exámen médico confirmara que sus testículos estaban resecos. “Yo quiero alguien a quien dejarle mis cosas; no llegar solo a la vejez...”, ladró un par de veces, aunque nunca le presté atención. Y la vejez llegó, también la imposibilidad de adoptar y, con ello, cesaron sus oportunidades de obtener el souvenir que mejor le permita distraer lo inexorable de un futuro maloliente; un anochecer de lombrices a la espera de un ataúd que, por más caro que sea, siempre culmina por resquebrajarse bajo la tierra.

Espero que el equipaje esté más ligero que de costumbre: voy a volver pronto. Quizás lo valioso de este trance sea que, en minutos asmáticos, podré pasearme otra vez frente al paredón. Al menos, tras abandonar la casa. Y así me será posible reanimar sus hombros de estatua prisionera del olvido; jurar a su peor herida que toda ausencia siempre es transitoria. Y él sabrá esperar, desde la lejanía, mi danza constante; el eco áspero de mi pierna estéril al culebrear por la vereda.

Así, otro día como éste -luminaria tormentosa que cabalga sobre mis anhelos infantiles- culminaré por presentarme ante él para dar cuenta de otra vértebra de mi silencio. Y allí, desde su cimiento reseco de orina urgente, le confiaré que algo viejo vuelve nuevamente a unirnos. Que simular discapacidad es sencillo. Que degollar a media docena de psiquiatras, y salir libre por demencia, también. Y luego le recordaré, como mil veces antes, las bondades del silencio. La quietud. La mirada al rincón húmedo, revestido con riñones de bebé, que todos evitan contemplar. Le explicaré que, aunque muchos lo nieguen, todo ello no es más que libertad. La más dulce libertad...

Comentarios

Anónimo dijo…
Sinceramente, este texto me atrapó y, al mismo tiempo, me engañó. Pero me engañó de un modo increíble: sentí lástima por el personaje, y luego repulsión. Desprecio. Te digo la verdad, es un cuento excelente. Excelente. Y estás un poco loco vos también para pensar en cosas como jugar con palitos, hormigas al agua, y el amor por una pared. Me gustó el delirio. Fuiste bien lejos.

Saludos.

Diego
Carolus dijo…
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P dijo…
Por un momento dudé de la originalidad del cuento, si si, no podia creer que cuento con la amistad de este genio.
Me encantó la descripción de los zapatos, por citar algo, tenés esa capacidad de pintar con palabras imagenes en la imaginación propia... muy bueno!!

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