El que mueve los pies

Puede negarlo. Esbozar un NO con la nuca. Pero la melodía turquesa lo toma de los brazos y, caído el primer párpado, ya es un talón girando sobre la vereda. Hábil de tobillos, mira por sobre el hombro y encuentra (en retirada) mis cejas de pan negro. No. No. Que no soy yo, por favor. Lo supongo: imagina que hablo cuando en realidad jamás supe usar la lengua. Y luego, nuevamente intrépido, retoma el vuelo inesperado sobre un mar de sombras de cemento que siempre será el mismo. Libera el cuello. Vuelve. Libera el cuello. Vuelve. Enamora una puerta con la espalda y aprieta, sin gritar, un timbre sin rostro ni precio. Portero eléctrico de cuatro botones. Pero nadie contesta. Nunca nadie contesta Nunca. Ajá: somos dos omnívoros con una verdad en la sien que nos pesa demasiado. Reconozcámoslo: cada vez demasiado...

Es incapaz de elegir. El acorde suena más fuerte y quiebra la cintura para eludir el vértigo. Una telaraña de dedos lanzados inútilmente al aire. Hagamos de cuenta que no nos sabemos. Y que yo puedo aprender a no bailar... Que apenas me interesa el sonido de rodillas entrechocando un matorral de bolsas de basura. Hagamos de cuenta que la música fue interrumpida por un trueno oportuno y que no solté una risotada cuando vi que -cada vez- meneabas la cadera con menos gracia. Artista de las tormentas, no me recuerdes que sólo existo para comprobar errores. Quiero creer. Y creer exige que hoy no estés. Ni debajo de mi balcón ni en ninguna parte de mis días. Confiar en que sólo fui otro torpe curioso mirando de reojo el juego privado de alguien que colecciona sentimientos pendientes. Busco todo: pena y regocijo (pero únicamente en la carne del vecino) No me culpes por acompañar tu ritmo entre aplausos ardientes...

Se abraza al viento. Y rueda para ponerse de pie entre suspiros y tambaleos. Agotado por una melodía turquesa que ya es un estribillo carmín. Puedo aprender de memoria lo dislocado de una coreografía redundante. El mismo repiqueteo de talones que desaparece a fuerza de un empujón que -sagaz- coincide con el alarido lejano de un vendedor de diarios a punto de perder un embarazo. No nos vimos: eso tiene que quedar claro. Jamás me dedicaste un aleteo de codos ni compartiste conmigo la rutina de adelantar un pie (luego otro) para después ensayar un trote corto. Y volver a empezar. La cabeza derecha izquierda. El pecho fundido en un poste de luz y, enseguida, las mejillas derrotadas. Corteza de árbol mal podado. Un gemido y la voluntad para, en cuclillas, elevar la pupila otra vez hasta ubicar mis ojeras de cansancio interrumpido. Voy a estar hasta que decidas dar el último paso. Repito: hasta que alguien corte la energía y tenga que volver, perverso como cualquier niño malcriado, a inventarme una vida sólo habitada por accidentales pérdidas de semen y charlas con electrodomésticos.

Cae. Declina. Desciende. Mover el estómago una vez más para que el baile no pierda armonía. Desde aquí arriba, puedo sentir la fatiga. El placer que, en retirada, se confunde con la angustia. La pérdida irreparable de la belleza. La incertidumbre ante la certeza del momento único. Y te he visto. Soportar el cuerpo. Escapar a los huesos y hacer de cada brazo aferrado, cada pierna estéril en su brinco, una mera representación de un silencio situado a miles de kilómetros de la carne. Por eso, poco importa la aspereza de una madera quebrándose. Los muslos -de pronto roca- estallando en pedazos al pie de un escalón de mármol. La frente rememorando el eco húmedo de una madrugada en retirada... Pierde sentido la singularidad cuando, amparados en un otro, se abandona el deseo propio y se hace de cualquier gesto -por miserable que éste pueda ser- una inmensa verdad. Y aquí, ahora, esto no ha sido más que una comunión. Una discusión de búsquedas unidas por un chispazo inesperado a las 5 de la mañana. No hace falta el agradecimiento. El final de la obertura me encuentra más despreciable que al inicio de la danza... pero menos dormido que en vidas anteriores.

Cuando lo soltaron, casi era de día. Bostecé. La avenida Jujuy ya gozaba su orgía cotidiana de asientos y caños de escape en movimiento. Una hora después, habías dejado por completo de moverte. Estornudé. Llegaron las armas azules y una sirena en camilla. Me preguntaron si había visto algo. Si había visto algo... “No”. Reí. “La verdad que no pude escuchar nada...”.

Comentarios

Viviana dijo…
Había leído ya este texto hace algún tiempo. Bastante. Sin embargo me parece percibir ciertos cambios. Tal vez sólo sea idea mía, pero lo noto diferente,no se...
Muchas veces me pregunto que tono adquiriría tu poesía en versos.
Nada. No me des bola. Es poesía de cualquer forma.

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