Sin moscas (Vuelven)

Siempre es igual. Repugnantemente igual. Me confundí con el pálido de los azulejos casi a la carrera. Cualquiera podría haber pensado que se trataba de un malón, o quizás de esa ansiada rebelión de proletarios que la izquierda, siempre más anticuada e insulsa que un argumento del asexuado Borges, aun hoy se encarga de gemir -con lastimosa dislexia- a los cuatro vientos. Lo concreto. Fue: atropellé a puñetazos la puerta de madera gris. Luego, friolento y sin peinarme, destrabé costuras y derruí prisiones de tela azul (blanca y roja) Qué decir... al instante, la preocupación era otra: flexionadas las rodillas, el problema fue encontrar, en medio metro a la redonda, al menos un envase de shampoo para leer. Aún cuando el producto se comercialice en arameo... Enseguida, inesperadamente esperado, un dolor complaciente incita la curiosidad. Mirar hacia abajo. Entre las piernas. Aspirar el vaho de lo que ya no existe; contemplar el humo transparente que, testigo de una muerte, se confunde con una tiniebla de pronto desprendida.

Cabeza fundida a los hombros y pantorrillas firmes, un impulso animal me obliga a indagar en el excremento fresco hasta robarle a los desperdicios una confesión líquida que -desafiante- pronuncia (con la garganta jugosa de sangre) nombres y apellidos que conozco desde no sé cuando. Tomo el control de una de mis manos y arrojo papel sobre un tronco agrietado que, sarcásticamente a flote, me ofrece un tapiz marrón de figuras sin sonrisa. La mujer que amo. Madre. Padre. Hermanos. Amigos. Cada fragmento que libero; esmalte negro que bautiza el inodoro, llena (nauseabunda contradicción) mi encía-lengua-boca con el sabor de las mucosidades que mejor desprecio. No hay olor, sólo certezas. La basura que abandona mi carne escribe -con orina- palabras que realmente no existen: comprensión, respeto, alternativa, libertad. Eyacular bajo la forma de desecho todo aquello por lo que uno respira. Apretarse el vientre con las uñas para no dejarse ir... que el desahogo -atajo de los cobardes- nunca llegue... Aguantar.

Acurrucado sobre mí, devuelvo a una tierra enferma de contradicciones lo que no me pertenece. Y agito la respiración hasta que el último temor se desliza a través de mis orificios sin preguntarme cuán acertado ha sido mantenerme con vida un día más. Un día más... Desde un sanitario que regala blancura sin claridad dibujo, con el extremo ríspido de mi intestino grueso, cientos de pasadizos en los que nunca habré de colocar mis huellas digitales. Y clausuro, por un momento que huele a “Feliz Cumpleaños, angustia”, la clarividencia de una mirada que hoy ruega; intenta evitar todo atisbo de conciencia.

Pasan las horas al borde de los azulejos. El aire adopta el perfume gélido del mundo. Enredo el vello de mis piernas resecas y vuelvo las cejas a una serranía de secreciones que jura que aun estoy muy lejos de superar lo instantáneo de mi cuerpo. Los rostros vuelven. Sin moscas. Vuelven. Como adornos fétidos plagados de deshonra. Rememoran. Lo que he sido hasta el momento de bajarme los pantalones. La imposibilidad de quitarle el suelo a mis pies por culpa de una pesadez, un desasosiego, que habita en mis vísceras sin aparente fecha de vencimiento.

Los excrementos nunca me abandonan por completo. No dejan a nadie. Apenas si, día por medio, asoman desde su refugio sombrío para evocarme que aquello que mancha, corrompe, infecta, no se encuentra en eso que llamamos el afuera sino que, a cada hora, la suciedad crece más y más entre los pliegues de mi grasa dormida. Sólo yo puedo contemplarlo. La naturaleza inmunda que me carcome todavía no exige testigos directos que señalen debilidades risibles. Le basta con doblarme el estómago de una patada, castigar mi cabeza con dos tenazas calientes sin esterilizar, para confirmar que los rituales ocultos son necesarios. Y que el recuerdo de las personas; las ilusiones imposibles que uno captura y crucifica en su lado más subterráneo, brotan de forma inesperada cuando nos toca reducirnos a lo que verdaderamente somos: comida acumulada en perpetua descomposición.

La mujer que amo. Madre. Padre. Hermanos. Amigos. La peor nada es tener todo. Sí. Ahora, la caverna más negra que escupe ponzoña desde mi piel los invita a regresar cada vez que el tiempo y la anemia de optimismo me sujetan a un inodoro. Entreabro las heridas y dejo que una daga maloliente, aguda, vuelva nuevamente a salir de mi carne hasta dejarme Extenuado. Infantil. Frágil. Efímero. Después, todo es cuestión de encontrar el papel que borra, siempre transitoriamente, las lágrimas de barro que escupe mi ano. Devolver el cuerpo a la ropa. Apretar un botón. Escurrir las pestañas jadeantes de sudor y hablar con las personas. Enfrentar nuevos rostros. “¿Cómo le va?” Sonreír. Aterrorizado por aquello que nunca se va. Sonreír. Hasta la próxima mueca de asco...

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