El Bar de los Ausentes

“No entiendo como pudo suceder... Le juro que no pude anticiparme a nada”, murmuró, aturdido, un despeinado Gómez al tiempo que hundía la cuchara en el pocillo humeante de café. Estaba tenso, pero eso era habitual en él. “Entiéndame, irrumpieron al atardecer y apenas me dieron tiempo de cubrirme la cabeza para evitar cualquier golpe”, agregó, para luego clavar el verde pantano de sus ojos en un mosaico sucio de la vereda; transponer con desesperación el ventanal tatuado de manos marcadas de aquel bar donde, abruptamente, me había citado de madrugada.

Un grito violento; una suplica animal y sombría había interrumpido mi sueño horas antes. Derrumbado en la cama, apenas pude mover ligeramente el brazo para tomar el tubo del teléfono y contestar a ese lamento alejado. Luego lo supe: en medio del caos, sólo una opción había cobrado vigor entre las tortuosas cavilaciones que turbaban a Gómez: llamarme. Ahora, pese a mi ausencia de humor, nos encontrábamos frente a frente. “In My Darknest Hour”, escribió en una oportunidad Dave Mustaine. Al contemplar los párpados hinchados de mi colega y el gesto desconcertado de sus cejas, comprendí a qué se había referido el músico con esas palabras...

“Pero ¿Cuántos eran?”, lo interrogué. Al instante, y para distender el clima, procedí a quitarme el reloj de la muñeca. Obviamente, tal acción tenía un motivo: no podía, por aquellos instantes, sujetarme con esmero a ese súbito malestar que engendra la impaciencia. “No sé”, contestó, moviendo la cabeza de un lado a otro; como si buscara una excusa para desestimar toda respuesta.

“Llegaron, Eleisegui. Y en segundos el comedor de mi casa mutó en una nebulosa polvorienta de muebles destrozados, libros incinerados en una fogata audaz, y fotografías viejas suspendidas en el aire; agitándose como halcones iracundos sobre mi rostro”, explicó, Gómez, tembloroso. Esbocé una mueca de confusión; bebí en silencio un sorbo de café. “Esas fotografías...”, reiteró con los ojos cerrados, casi para sí mismo. Mi colega respiraba con violencia. Su vientre abultado –la vida de casado y, luego, divorciado te deja así, me explicó una vez- se elevaba a un ritmo vertiginoso; confundiéndose con el fuelle de un bandoneón vencido por el maltrato. Apoyé los codos sobre la mesa y actué por reflejo: le ofrecí un cigarrillo.

“Lo peor fue esa gota...”, comentó, mientras arrojaba sobre el café servido una sábana de humo gris. “¿Qué gota?”, pregunté. “La que brotaba del techo... Y golpeaba justo sobre mi frente mientras ellos se dedicaban a terminar con todo”, respondió. Gómez volvió a rodear el cigarrillo con sus labios y la brasa encendida dejó escapar un leve crepitar. En cada pitada, mi agitado acompañante parecía encontrar, tal vez, la forma de aspirar un fragmento de su impotencia para luego, descompuesto, expulsarla a modo de nube londinense.

“Continúe, por favor”, lo alenté, dedicándole una sonrisa poco amable. Despreocupado por mi ceño fruncido, Gómez se dejó caer sobre el respaldo de la silla. “¿Se imagina? Llego de mi trabajo, agotado, y cuando trato por fin de relajarme, una gota me cae justo entre los ojos”, comentó, casi divertido. Encendí un cigarrillo. “Y luego otra, y otra... Hasta que pude verlos claramente; empujándose unos a otros”, murmuró entre suspiros. “¿Por qué no se defendió?”, lo increpé con fuerza; casi rogando por una actitud que él jamás tendría. “¿Qué podía hacer? Sólo quedarme quieto y contemplar como rompían todo con energía, casi con asco...”, contestó.

Calma. Gómez le hizo una seña al mozo y pidió otro café. El pobre hombre, ahorcado por un moño psicodélico digno de la década del ´70, que apenas se sostenía en pie dado el cansancio que genera una noche de idas y vueltas, asintió con la cabeza. “Tendría que haberlos visto, Eleisegui”, insistió mi acompañante. “Tan seguros de su impunidad y tan confiados de mi cobardía...”. “¿Usted cree que atinaron a mirarme aunque sea una vez?, continuó. “Para nada... Sólo se ocuparon de mis cosas; de borrar lo que he logrado con el esfuerzo de años”, agregó, acomodándose el cuello de una camisa que, según mis cálculos optimistas, alguna vez había sido blanca.

“Tranquilo, esto puede sucederle a cualquiera...”, traté de calmarlo. “Se equivoca”, me interrumpió, con la mirada desorbitada. “A poca gente le ocurre; a las personas con escrúpulos: llegan imprevistamente y luego todo es volver a empezar...”, agregó, con la garganta quebrada. Realmente, la situación excedía a toda mi capacidad de razonamiento. Gómez continuó: “Y llegan sin hacer el más mínimo ruidito ¿Me comprende?”. Me mantuve callado. Una lágrima, súbita y hostil, quebrantó los pliegues de su mejilla arrugada y algo barbuda. “Actúan con celeridad: empuñan garrotes, manos y pies. Luego demuelen todo pero no se llevan nada...”, murmuró y se mordió el labio inferior. Inquieto, movió el mentón, respiró profundo y jugueteó con los sobres de azúcar que yacían muertos sobre la mesa: evitó el llanto. Enseguida, bebió a grandes tragos su café. Traté de imitarlo, pero no pude más que bajar la vista y enredar los dedos en mi cabello siempre desordenado. A nuestro alrededor, el bar se asemejaba a una convención de ausentes: todas las mesas estaban vacías. “Nos están rodeando”, de seguro eso me diría Gómez si se lo preguntara... Afuera, mientras tanto, la madrugada se burlaba fríamente de la vida, y escurría su comedia adoptando la silueta de una llovizna cruel; que se adueñaba sin disimulo de toda calle virgen de pasos y serena de automóviles indiscretos.

“Siempre ocurre así”, dije, retomando la conversación. “Mire, lo que usted es hoy, en este momento, no puede pertenecerle nunca a nadie; ellos lo saben. Sólo pueden acabar con aquello que ha nacido para suplantarlos”, agregué. “Sí”, asintió con un hilo de voz. “Sólo vienen a cobrar cuentas pendientes, Eleisegui. A dejar en claro que, pese a los intentos magistrales de la memoria, lo malo nunca muere, regresa; que es imposible dejar los errores y las cosas dolorosas atrás”, explicó.

Comprendí en silencio. Tomé mi reloj. “Debo irme, Gómez. Necesito dormir...”, dije, poniéndome de pie. “Vuelva a su casa: usted ya ha pagado lo suyo; no le debe nada a nadie”, concluí. “No lo crea”, murmuró con la cabeza gacha; resignado. “Aún la gota continúa desprendiéndose del techo. Habrá más...”.

“Entiendo”, contesté y traté de avanzar unos pasos. Su mano me interrumpió con fuerza. “No, usted no entiende nada”, dijo. De pronto, parecía enfurecido. “Vine a decirle que ahora van por usted”, agregó, casi a los gritos. De un tirón me libré de sus dedos desesperados –paranoico idiota, pensé- y caminé rumbo a la puerta. “Van por usted...”, sentenció nuevamente Gómez entre alaridos, mientras me alejaba de la mesa...

Crucé la ciudad aún somnolienta con el rostro desencajado. Una náusea inexplicable acarició mi estómago y me obligó a caminar sin detenerme. Dejé atrás el rostro perturbado de Gómez aunque, pese a la caminata y el aire espeso del amanecer, no conseguí librarme de sus palabras. Medité sobre el clamor de los olvidados: no, yo no debía nada, me tranquilicé. Ellos nunca vendrían por mí. Aún así, y pese a ese furtivo sentimiento de paz, un relámpago imprevisto iluminó la fachada de varios edificios y, con ellos, un rincón abandonado de mi memoria. El sótano de lo reciente. Aterrado, precipité mis pasos, que luego se transformaron en una carrera alocada por avenidas apenas pobladas de bostezos y colectivos envenenando la mañana.

Finalmente, con la ropa empapada de llovizna y sudor, llegué a la puerta de mi casa. Vacilé. Luego, con mano temblorosa, tomé las llaves y giré la cerradura. Al empujar la puerta, una gruta oscura me ofreció sus fauces de dos ambientes para que me perdiera en sus entrañas. Adelanté una pierna. Un segundo después, la otra. Una vez dentro, encendí la luz y elevé la mirada: ahí estaba. Durante mi ausencia, una mancha había crecido hasta casi dominar por completo el techo de mi departamento. Resignado, tomé una silla y me senté a esperar. Tenía que estar despierto, lúcido, para cuando la gota, sádica y despiadada, comenzara por fin a caer.

Comentarios

Anónimo dijo…
Si lo sabía. Si lo creía. Si no lo sabía ni creía... no son sino cuestionamientos irrelevantes. Pero lo que me place es que haya sido posible. Es que haya ocurrido. Uno de los primeros textos de El Galo que me abandonaron a la zozobra de mi propia endeble embarcación fue "El bar de los Ausentes". Hoy lo releo luego de mucho tiempo y lo hago desde un sitio definitorio de mi propia historia. Tal vez por aquellos días no tenía plena conciencia de que llegaría el momento en que gota a gota el océano me convertiría en un elemento por completo a su merced, a partir de una insignificante marca indecodificable que comenzaba implacable a cernirse en los inexpugnables signos del destino. Hoy ya es tarde. Hoy que lo he comprendido todo es demasiado tarde. Pero de regreso a lo que en un tiempo fue sólo intuición, la última gota amenaza con apoderarse de todo sin destruírlo, lo cual no era exactamente lo previsible. Preferiría la destruccción. Pero de existir una tercera opción, indudablemente elegiría la comunicación. El tiempo apremia, Gómez. El tiempo apremia Eleisegui.

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