Al inolvidable Gustavo Malomo... - ¿Cómo que... ? Endeble. - Sí... anoche... fue de manera inesperada. Fíjese que recién se había acostado... Endeble. - Pero... no puede ser... Me deja sin palabras... Endeble. - Igual... no se preocupe... Gracias por llamar. Endeble. - ... Endeble. Fuera, teléfono celular. Fuera. Hundo la frente entre mis rodillas de jeans sin lavar. ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Cómo? Angustia sin letras que expliquen la torpeza de un balbuceo vacuno. Ni siquiera un ventarrón estival capaz de desgarrar el pavimento a fuerza de una mentira piadosa. Ni siquiera un estornudo de sangre anaranjada que derrita la inocencia; esa torpe sensación de eternidad que vociferan mis talones al superar las horas. Fuera, teléfono celular, fuera: botones lanzados al vacío. Estómago que niega la avidez del mediodía: trepo a la calle: taxi “adónde va...” y medio escarbadiente a un costado para ladrar dos “Acelere... acelere, por favor...”. - A Franklin y Río de Janeiro. Lléveme ah...