A la Pared
Es el psiquiatra. Ajá. No sé como, pero pude percibir un tenue murmullo frío (tal vez un eructo que eligió salir, sin autorización gubernamental, de mi garganta) cuando el perito asomó la cabeza. Reconocí su figura encorvada (como si -durante la adolescencia- un poste de quebracho le hubiese destrozado la espalda) a través de un bocado de gripe; una enredadera esmeralda-gelatina que lancé contra la maceta preferida de mi madrina. Mientras intentaba afinar la puntería de mi labio leporino (“¡Boca de conejo!”, gritaba mi padrino cuando me descubría pateando esas gallinas que tanto cuidaba) reconocí sus zapatos: marrones, imitación borceguíes pero livianos a la vista, sin punteras o refuerzo de costuras a la altura de las uñas, cuero de vaca cubierto de cebo: pomada para evitar las grietas y, al mismo tiempo, aislar al calzado de cualquier posible aguacero. La suela es alta, irregular a modo de serrucho (dientes ligeramente encorvados hacia el sur del zapato) cosida al cuero en dibujos qu...