Evidencias de la desesperación: La Trilogía (Parte II: Efecto)

Efecto

Los párpados pesados, resquebrajados, somnolientos, rígidos, abultados de sangre urgente, punzantes, cobardes. El cuello enredado, como sogas cruzadas de puertos abandonados, ligas de carne que se entrecruzan sin aceite. Y entonces pesan, se acortan, sujetan y oprimen como una rienda dolorosa. Primero tensan el pensamiento y luego lo acarician hasta que llega el sopor.

Más abajo está el vientre, que encierra el fuego, la lava inoxidable, bañándolo todo, como un lago agitado dentro de una botella sin corcho. A la deriva. Las olas socavando barrancas de carne húmeda. Mareas vivas por el revuelo de barcos invisibles. Agua pesada que quema. En la que flotan grumos de pan disuelto.

La arena líquida sube hasta rozar el límite de los acantilados. Pero jamás llega el desborde. Las barrancas ascienden hasta que el paisaje se transforma en un tubo inodoro. El magma se detiene siempre un metro antes de rodar por la superficie. De huir de la botella sin corcho.

Por fuera del vidrio asoman las piernas. Que se retuercen entre contracciones sordas cuando el sol se ahoga. Extremidades de cangrejo que se encogen con el calor y mutan en pinzas cuando la luna muerta llama al descanso. Pulpo cocido en sal. Las uñas, que son más grises los días menos nubosos.

No hay canto salvador: el único ruido es el estertor de venas y tejidos. Que laten aunque a veces simulen un paro cardíaco.

Muerta en pie, la sombra. Que recoge el cabello y lo estira hasta cortarlo al ras. Se acelera el giro del espectro gemelo del cuerpo y sorprende la espalda. Que vuelve a parir navajas de hueso. El calcio se abalanza sobre la piel y ruega por oxígeno. Pero evita la estocada que perfora y entonces el cuero se hace un globo infinito. Flexible aunque doloroso. Pero receloso de cualquier explosión rosada.

Espiral de plomo que vuelve a desfallecer sobre los hombros. Hierro y cemento volviéndose estatua desgraciada sobre el estómago. La sensación se hace granizo impensado. Que sopla la llama hasta apagar los ojos. Hasta quebrar la risa nerviosa de los dedos.

Hasta enmudecer.

Comentarios

Hernán Gilardo dijo…
Estimado:

Otra vez yo. Si se me permite le diría que en esta segunda parte hay como un exceso de imágenes(que según quien lo leo le parecerá bueno o malo).

Para mi es como una meseta dentro de la trilogía, pero es ideal, para luego sacudir el martillazo en la parte final

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