A la memoria de Eduardo Falcón...

La página en blanco. Al comenzar estas líneas. El cigarrillo entre los labios, como ese que fumaste tantas veces en la puerta de La Opinión, cuando te esforzabas por explicarme cómo darle fuerza a mis notas. Mis primeras notas periodísticas.
“A los textos hay que limpiarlos; sacarle la hojarasca”, te escuché comentar en cientos de oportunidades. Y pedías que me meta en los barrios de Trenque Lauquen “a ver qué está pasando”. Confiabas...
Lo noté desde la primera vez que cruzamos miradas. Tenías ante tus ojos a un estudiante de Ciencias de la Comunicación flaco y desgarbado que, en pleno receso de clases por las vacaciones de invierno, “quería saber si existía la posibilidad de practicar un poco, sin pago ni nada”.
Achinaste los ojos y en ese parpadeo pude notar tu sorpresa ante el desenfado de un novato que, sin mayores complejos, se presentaba en la recepción del diario y pedía “por el jefe de redacción o el que esté a cargo”. “Escribí una columna de opinión. Algo vinculado con la realidad política nacional ¿te animás?”, murmuraste. “¿Cuántas líneas?”, pregunté. “Una página y media de Word”, dijiste. “Tratá de tenerla para el jueves”.
El jueves de esa misma semana te mandé un texto de dos páginas de Word, una auténtica ensalada en la que interpretaba –confusión disimulada mediante– una serie de declaraciones del entonces presidente Eduardo Duhalde. Había mucho de lectura arbitraria y, en el estilo, una marcada influencia de las numerosas monografías que tenía que hacer para la Facultad.
O sea, el texto era kilométrico. Y la forma en que estaba compuesto, un auténtico plomazo.
Pero lo aceptaste. Y un día que llamé para ver qué había pasado con esa columna me sorprendiste con un “sale este domingo”. Acto seguido, lo mío fue: “familia, este domingo publican una nota mía en La Opinión, así que a comprar el diario”.
Me diste una doble página. Todavía recuerdo a mi viejo esforzándose por interpretar un texto que rozaba el panfleto. Nadie entendió nada, pero todos dijeron “está muy bien”. Y la mentira me gustó tanto que todavía guardo un cierto orgullo por ése, mi primer escrito salido en papel. Palpable.
Otro día, tuve que ir a los barrios para ver cómo pegaba la crisis económica en el Trenque Lauquen profundo. “Hablá con el presidente de la junta vecinal, con la gente en la calle, con el almacenero, preparate una pequeña encuesta para guiarte, describí el lugar, todo lo que ves, si es de noche o de día”, me aconsejaste. De todo eso salieron dos notas, y de la primera de ellas, también mi primera tapa...
Todavía la recuerdo: el diario abrió con la foto de un anciano calentándose con una “salamandra desvencijada”. Luego vinieron más artículos sobre la parte menos visible del pueblo, y hasta la cobertura de la inauguración de una sociedad de fomento en Barrio Parque.
Más tarde, un ciclo de entrevistas a las principales bandas de rock de Trenque Lauquen. En una de ellas, incluso, me acompañó tu hija Eugenia. Caímos en pleno ensayo del Aleman Grup. Y la charla pasó entre cervezas y eso de “tocar hasta que se doblen los dedos”, que alguna vez ideara el inefable Charly García.
Concluyeron mis vacaciones y me despedí con un apretón de manos. Luego de eso, apenas si nos cruzamos de casualidad en alguna de mis visitas ocasionales a Trenque Lauquen. Me quedaron tantas cosas por decirte. Siempre pensé que no faltaría oportunidad para llegarme hasta la redacción de La Opinión y comentarte todo lo bueno que había pasado desde aquel lejano 2002 a esta parte.
Hoy, un mensaje de texto me volvió a vos. Falleció Eduardo Falcón, decía. Era de mi viejo. Créeme que a partir de ahí todo fue negrura. El día se apagó por completo. Fue rememorar cada palabra que me dedicaste; los consejos que dabas con exactitud cronometrada: tus observaciones se extendían lo que dura en consumirse el cigarrillo que prendías a cada rato.
Hoy, un mensaje de texto puso en mi cabeza, otra vez, las gracias que siempre quise darte y nunca pude. Por pudor. Por timidez. Por entender que, pese a mi inexperiencia, allá lejos y en el tiempo ya me veías como un colega. Y entre pares, siempre, las palabras suelen estar de más. Basta la mirada. El ojo entreabierto. El silencio frente al texto infinito que te entregaba un pibe hambriento de desafíos...
Pasó el tiempo y, ya periodista hecho y derecho, todavía llevo en la memoria el espíritu adolescente de esos primeros artículos. Quizás menos evidente, pero el germen primario sigue ahí. Latiendo. Lo mismo que esa curiosidad a la que vos alentaste, diste rienda suelta, aún sin conocerme.
Todavía sigo intentando “sacarle la hojarasca” a las cosas, Eduardo. Todavía lo intento. Y esa es la principal enseñanza que, nacida de tu paciencia y confianza, me guardaré hasta el final de los días. Aunque te deba un gracias. Aunque te deba el abrazo del hasta siempre...

Comentarios

Anónimo dijo…
Un abrazo y gracias....Eugenia
Unknown dijo…
que buen texto, me gusto mucho patricio. a pesar del tema qe t toco profundo. sos de tranque lauquen?. ese texto te pone como un periodista hecho y derecho con virtudes y defectos pero q no tiembla al decir a que se dedica. y esos consejos rebotaron para mi... gracias por compartirlo. ah pero no me gusta el rock pesado nos debemos un encuentro. abrazo

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