Detrás de la Puerta
“¡Estás muy equivocado si pensás que sobrellevar las cosas es tan fácil!”. Entreabro -pesados, unidos por una hebra amarilla- los ojos de agua verde. Mano desesperada en busca de la sábana perdida. “Años y años mirándome en silencio... Nadie me avisó de este calvario; esta vida que supura miseria...”. Giro hacia un costado y reacomodo la almohada siempre transpirada bajo la mejilla derecha. “¡Basta, basura! ¡Basta de mirarme así!”. El grito doloroso vuelve a usurparme el sueño. Suspiro con pesadez al tiempo que, boca arriba, intento desentrañar el vello de mi ombligo. “Yo buscaba una compañía, ¿Entendés? Pensé que se podía superar la pesadumbre; que esto me pasaba como una suerte de bendición... pero me engañé”. El ruego, súplica, alarido y garganta desgarrada, proviene de una habitación vecina. “Me engañé de la forma más estúpida... por vos... que estás para nada, ahí... que me enseñás lo que es el egoísmo... y sonreís sin hablar”. Sí, el llanto ocurre dentro de mi departamento. El...