Soy el escritor del futuro

No escribo. Sólo leo. Es muy poco lo que tengo para expresar: me importa lo que vos digas. De mí. De esto que ahora ves. Que escuchás. Que sólo es mi voz, pero yo coloreo para que parezca mucho más. Soy sólo puesta en escena. Gancho visual. La camisa que llevo puesta, el pelo que enrosco para vos. Los dientes que me faltan. Río y te miro a los ojos cuando muevo los labios para no darte nada. Intercalo un chiste en ese texto autobiográfico que leo arriba de un escenario para incentivar sólo la contemplación. La mía. Esta cara de loco que ensayo cada mañana frente al espejo. Frente a la máquina de café de mi laburo. No interesa el género. Sin que se me mueva una ceja puedo argumentar que lo mío es un cuento. Una poesía. Una prosa poética. Pero lo cierto es que no hay nada de cuento, poesía o prosa poética en esto que murmuro aferrado a un papel. No hay mensaje escrito. El contenido es una mentira que yo disimulo y vos aceptás. Los dos vinimos a buscar a este agujero de luces casi quemadas la farsa que más nos satisface. Yo, como escritor. Vos, como espectador. Ser lo opuesto a lo que representamos es lo que mejor nos define. Es la única verdad que queda sobre el escritorio cuando el libro se cierra. Y el público vuelve a su casa para, siempre con erudito disimulo, encender la tele y ver cómo terminó el reality de Tinelli. En esta mentira de patas largas reside la fórmula que hoy me asegura el aplauso. Y a vos la bohemia. Decíme qué te parezco: si querés literatura andá a la biblioteca. Este es el espacio de los que tenemos la cara dura como un paredón. El arte, lo sabemos, está en otra parte. Pero no lo digamos en voz alta. Que si no se acaba el ritual y tendremos que lidiar con que, como dijera Perón –retomando a Aristóteles–, “la única verdá es la realidá”. Y ahí se pudrió todo. Porque vos y yo seríamos vos y yo. Y ahí nomás se terminaría esto como lo conocemos. Se acabarían las citas en esos tugurios ambientados para crear la sensación de “poesía”. Moriría la imaginación de aquellos que cada noche preparan (mal) sus disfraces de Baudelaire para inventar a Buenos Aires como una ciudad donde, parecido al huevo de la serpiente, anida el feto de la literatura que vendrá. Vos tendrías que dar el paso y exigir que yo te transmita algo. Y yo dejar de hacerme el payaso frustrado para, por una vez en la vida, sentarme a escribir. Se acabaría lo que alimentamos: teatro de pueblo. Obra de alumnos de escuela primaria. Pero con simulaciones de escritura. Prácticas robadas al oficio del que, sudor mediante, acomoda letras. Sí, che: teatro de pueblo. Y muy malo, lo cual pinta el panorama todavía más oscuro. Insisto: si alguien un día pronuncia la verdad, esto puede derivar en una muerte. Pensémoslo, por favor. Nadie quiere una tragedia ¿no? Por eso, calma. Acá tenés tu saco, tu barba de tres días y una guitarra para que nunca aprendas una canción completa. En un bolsillo llevá este libro. Es Estrella distante, de Bolaño. Es genial, pero no hace falta que lo leas: en Wikipedia hay un muy buen resumen. ¿Listo? ¿Compraste cigarrillos negros? ¿Llevás guita para la birra? Andá a esta dirección. Sí, es un barrio peligroso, pero cada tanto tenemos que mezclarnos con el pueblo. Pagá la entrada. Saludá a todos esos porteños chetos y nenes bien del interior que se la dan de gente sencilla sólo porque llevan nombres de indios. Perdón, nosotros no decimos “indios”. Nosotros, que tenemos varias materias metidas en Letras, Sociología y Ciencias de la Comunicación, decimos “pueblos originarios”. Ahí están Nahuel, Ayelén, Lautaro, Atahualpa, Irupé. Ellos, con barba y su foto en Jujuy mascando coca. Ellas, con bolsos símil bandera de Bolivia y su foto en Machu Pichu. Pero en realidad no queremos a ningún indio en Buenos Aires. No señor. Buscá tu silla. Tu mesa. Tu cerveza. Te dijeron que soy bueno y es verdad. Mirá con qué confianza subo al escenario. Desenredo las hojas. Digo que es un cuento. Un poema. Una prosa poética. Bajan las luces. Suben el micrófono. Suenan dos acordes de bajo para crear “clima”. Mirame. Sólo tenés que mirarme. Gracias por volver a disfrutar de este teatro. Porque, nunca lo olvides, soy un escritor del futuro. Yo no escribo. Sólo leo.

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