Pecera

Hoy voy a ser el filo que va a desgajarte como una mandarina. Los hombros del cuerpo, tirados a un costado sobre la tierra amarilla de meada. Las piernas, un temblor de músculos negros que se deshacen entre mordidas. De bocas. De hormigas excitadas por una tormenta de diciembre que no llega.

Dejame afilar las uñas con los dientes de ese mendigo que allá, a los lejos, se apuñala el estómago para vomitar la última rodaja de pan que olvidó comer despacio. Dejame, que voy a entreabrir y separar con un golpe seco los poros que ahora te asfixian con la viscosidad de un nylon de supermercado.

No hay tajo que no pueda quitar todas esas palabras que se burlan y te escupen por dentro. Como un alquitrán enmohecido que se vuelve la peor diarrea cada vez que se inflama el pecho. Cada vez que se alarga el reloj por culpa del oxígeno que alguien sopla desde atrás de esas nubes que no vemos.

Voy a demostrarte que el fuego que hierve se hace el hielo más cobarde cuando choca con la lluvia. Y que lo único que queda, que puede caer en esas manos. En las tuyas, que más tarde hablarán de sabores a la sombra de los colmillos de cerdo que ya nos rodean. En las de los niños que nunca fuimos. Es una escarcha que no sirve para nada.

Como los mosquitos. Que se hinchan y adormecen sobre el granito mientras sueñan con volverse tatuajes del paredón menos manchado.

Este calcio duro que crece del final de mis brazos te va a limpiar el barro que se acumula justo debajo del corazón. Y te pinta de marrón las costillas. Te arranca poemas que son tos. Que son pulmones ahogados; gritos interminables entre las aguas de un charco turbio de grasa y cosas no dichas.

Jamás seco.

Y que, de pronto, quiso volverse río y catarata a través de brazos y piernas. Pero ya no podrá. Ni siquiera tu cabeza dejaré que salpique. Porque voy a estar pegado a tu pecho cuando la primera uña atraviese de lado a lado esa pecera muerta que cuelga del corazón.

Y, sin separarme de la carne perforada, pondré la boca para recibir el primer chorro que salga. Gritando que jamás vas a estar solo. Sola. Jamás. Porque yo conozco ese hedor ¿sabías? Yo lo he bebido todo por décadas hasta quedar embarazado de musgo seco y gusanos sin ojos. Y no será este el momento en que pierda la sed.

No será.

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