Robin

El texto a continuación integró el evento Postales Privadas de una Ciudad Vista y Narrada que, con motivo de la última Noche de las Librerías, se llevó a cabo el 26 de noviembre.

La iniciativa partió de una consigna: el organizador entregaba una fotografía a cada autor y, en base a esa imagen, el escritor debía concebir un texto de menos de 400 palabras.

A partir de la foto tomada por Martín Lopo, trabajamos el escrito que sigue más abajo.

Robin

Joven maravilla. El pequeño Robin, me decías. Y yo no entendí el por qué hasta hoy, que me veo tatuado en la pared. Con ese pelito colorado del que apenas si me quedan dos mechones. Con los brazos torneados, musculosos, que cada hora pesan más que la sábana con la que te tapé la cara hace casi dos años.

Esos ojos, los míos, atentos a un horizonte que dejé de ver cuando empezaron las primeras inyecciones. Las pastillitas de colores. Los buches que se llevaron mis dientes.

¿Adónde quedó mi pecho firme? ¿Quién se robó mi entrepierna de cemento? Sólo sobreviven en esta pared. A la sombra del estandarte más importante. El sueño de ser olímpico.

Y pensar que cuando me decías Ese calzoncillito molesta, sacátelo que no soporto al Hombre Araña, yo pensaba que era otra de tus excusas. El espejismo del arte para dibujarme la piel con esas manos ásperas de pintura, de aguarrás, que siempre terminaban enroscadas en mi lengua. El dedo de cartón bajándome por la nuca, la espalda, la cintura, la redondez de la cola. El dedo medidor de pureza, como te gustaba llamarlo.

Jamás creí en esa inmortalidad que, decías, levantaba vuelo al final de cada aluvión de semen en mis hombros. En mis axilas. Hasta que ahora, en este momento, encorvado sobre piernas que apenas me sostienen, con la mirada llorosa por una tos que a veces me empasta la boca de sangre, me veo en la pared. Hermoso.

Hermoso de pasado.

Y entonces, sin saber por qué, la rabia por tu caricia ausente se disuelve. Se hace miel. Me olvido de los cráteres de pus que me bañan el pecho cada noche. El dolor al tragar. La caca que no es más que agua con grumos. El colectivo que cuatro veces por semana me planta frente a la puerta del hospital Muñiz.

Me olvido de todo y vuelvo a ser el que pedía más cuando tu estocada se me volvía humedad espesa por dentro. El degustador de la última gota blanca. El duende que tu mujer quiso adoptar. Tu joven Robin olímpico. El pequeño maravilla.

Comentarios

Viviana dijo…
Uuuuuuh... Mortal! No se me ocurre decir otra cosa...

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