Evidencias de la desesperación: La trilogía (Parte III: Pelota de Tenis)

Pelota de tenis

A ver si nos entendemos: jamás te obligué a hacer una mísera tortilla de papa, y eso que la tortilla me encanta, sobre todo la española, sí, esa que viene con chorizo colorado y huevo, pero no con el huevo líquido porque el olor de la yema, la clara transparente y pegajosa casi como un chicle, un moco de alergia, sabés que me revuelve el estómago. A mí me gusta que esté bien sequita, cómo explicarlo, que la dejen en la sartén un segundo más de lo habitual, le den un toque más de fuego, porque así es como las tres cosas, o sea, papa, chorizo y huevo se vuelven por fin uno, y todos sabemos que si algo le gusta a todo el mundo es eso de estar juntos, pegados, o como dicen los que manejan mejor que yo la lengua y los idiomas: “los ingredientes amalgamados”, “aggiornados”.

Y pongo el ejemplo de la tortilla porque sabés bien que nunca entendí nada de planchas o lavarropas, y a vos te sale tan bien eso del líquido que endurece el cuello de las camisas y las deja lisitas, con perfume a algo parecido al mar pero sin tanto aroma a mar, sin tanto olor a agua estancada, semi podrida, con cosas flotando como restos de almejas, ja ja ja, me acuerdo de mi viejo diciendo que vos “sos como la almeja, que se entierra sola con la lengua”, porque a mí los crustáceos nunca me parecieron bichos interesantes, si después de todo tirás una gota de nafta super, un meadita de aceite para motos y los animalitos terminan secos en la playa, apelotonados uno arriba del otro, desapareciendo despacio pero no sin antes largar el tufo a podrido del que te hablé antes.

Porque hay que decirlo ¿cómo un bicho que no sabe aprovechar recursos, dominar la naturaleza en algún punto, puede tener sentido? ¿Te imaginás un cornalito gobernando el mundo? ¿Un langostino? ¿Un mejillón? Dejate de joder, por algo nosotros tenemos la manija de las cosas, y hacemos y disponemos, prendemos fuego y nos hacemos la ropa, bueno hacer es un decir, porque lo único que sabemos hacer es comprar, comprar, comprar, el pantalón, la camisa que vos después metés en el lavarropas y retoma el celeste original, o la corbata, aunque sea de ese color rosa que sabés que a mí no me gusta, pero en el fondo sé que lo hacés sin mala intención, y te entiendo, yo tengo mis vueltas, me levanto temprano a buscar el pan que paga la luz, el agua, el gas, tu celular y ahora esa mierda de internet, que no sé para qué sirve salvo para que hablés con gente que no conocés pero te parece más interesante que yo.

Pero claro, esa gente que no conoce el mal aliento con el que te levantás a la mañana o tropieza con tus bombachas manchadas de menstruación, que pueblan la pieza y son pateadas abajo de la cama cuando vienen visitas, te parece amable y llena de misterios, eso porque no saben lo que es dormir al lado de una mina que nunca tiene ganas de cojer o se quiere matar porque tiene el pelo muy largo y le cuesta peinarse; no tienen una puta idea de lo que es tener que obligarte a que me la chupes cuando yo sólo te pido que me hagas unos mimos con los labios para así poder conciliar el sueño.

Después yo soy el animal, pero bien que cuando tuve que soltar la guita para que te arreglaras esa muela cariada ahí fui el mejor, y ni hablar cuando me aparecía con las cremas que te reafirman esas tetas flacas que tanto inflás con corpiños rellenos de algodón, ahí sí era tu macho y entregabas la cola con la mejor de las sonrisas, pero siempre tenía que haber algo a cambio y por eso me empezaste a mirar mal cuando te dije que prepararas milanesas para ese fin de semana en Villa Gesell, porque a vos te gusta la playa, las olas y el viento, pero no transpirar; te encanta mirarle el bulto a los pelotudos que, acostumbrados a levantar pesas en el gimnasio pero nunca a agarrar una pala y romperse el culo laburando, se pasean en sunga y te devuelven la mirada como cojiéndote con los ojos, eso sí que te levanta la autoestima y te hace sentir “mujer”, porque lo bueno siempre está afuera ¿no?

Sin embargo, cuando a la noche hace frío me pedís que te abrace, incluso cuando sabés que dormir de costado me provoca calambres y al otro día casi no puedo mover el brazo, pero bueno, el macho que provee siempre tiene que estar listo para proteger a la pobre diabla, porque no sea cosa que ella se sienta sola, no señor, la señorita ya tiene demasiado que cargar con su problema de lunares en la espalda, los famosos “puntos dañinos” que hay que testear con el dermatólogo a ver si todavía son malignos y todo deriva en un problema de piel que pudo haber sido frenado a tiempo si no le aflojabas con la consulta; consulta que, como es de suponer, corre y corrió por cuenta de la obra social de este estúpido que ahora, de madrugada, se duerme doblado en un silla a la espera de que de una vez por todas terminen tus sesiones de rayos porque, claro, ahora resulta que tenés cáncer y tengo que callarme la boca y soportar que te pongas amarilla, se te caigan todos los pelos, se te pudran todos los dientes, y no me dejes tocarte el hombro porque el cuerpo entero te “duele”.

Pero ¿sabés qué? Leé mis labios: hasta aquí llego mi paciencia, y te lo digo ahora que estás con los ojos entreabiertos, que estás en condiciones de escucharme aunque los médicos, que no sé para qué carajo estudiaron si al final te liquidan más con el tratamiento que con la enfermedad, digan que desde hace una semana vivís en un estado de inconsciencia permanente y que los sedantes que te aplican, cada vez más fuertes porque según vos “no soportás el dolor”, prácticamente te tienen adormecida a cada hora.

Para mí es todo cuento, y la verdad es que nunca sentí ese bulto en la espalda que tantas veces me hiciste tocar, para mí no era una pelota de tenis ¿qué pensabas? ¿qué soy el Gato Gaudio y tengo en claro que las bolas duras son las que más se afirman en el polvo de ladrillo? A los sumo sería un quiste sebáceo de esos que a veces me salen arriba de los hombros y que te gustaba ver cómo me los reventaba con una aguja caliente; para mí no era más que un grano rebosante de grasa o pus y no tanto tumor con nombre raro.

Pero no: vos tenías que creer. Y ahí estás, como una monja, tapada de sábanas con olor a desinfectante y una mascarilla que bien podría usar para rociar la cocina con algún buen veneno contra las cucarachas porque, no sé si te dije, hace dos días me encontré con una en la heladera, patinando arriba del pan de manteca casera que te regaló tu abuela ¿podés creer que la muy turra se deslizaba de una punta a la otra de la manteca y no se caía? Estoy seguro que lo disfrutaba porque con algo se tienen que divertir las cucarachas, no creo que la única cualidad que tengan es soportar un ataque atómico como el de Hiroshima, andá a saber, además, ¿qué certeza tiene uno de que realmente aguantan la radiación? a ver, ¿quién se metió en un lugar con radioactividad para comprobar eso? ¿me vas a decir que los tipos fueron a Japón para ver exclusivamente a una cucaracha bombardeada?

Por favor, son puras mentiras, vos creés cada cosa también, no sé para qué tanto estudio universitario, tanta sapiencia, si al final terminaste así, aplastada en una camilla y enchufada a mil cables, aunque ahora que lo veo debe ser muy molesto tener las venas llenas de agujas, no poder moverse o comer nada más que a través de un tubo, o sonda, o como le llamen, dejáme de joder, yo no quiero terminar así, o por lo menos no con el estómago vacío como me dijeron que estabas, no señor, me encantaría morirme, sí, pero bien gordo y ahora que lo pienso me vuelve a la cabeza la imagen de la tortilla española con huevo y chorizo colorado que tan bien te salía, cocida como a mi me gusta, pero bueno, no nos distraigamos, te venía a decir que no soporto verte así por lo que prefiero que esta sea la despedida, sí, ya sé, no es necesario que te muevas, puedo abrazarte yo así que tranquila, mirá, mirá lo que hacés, casi se te sale una aguja del brazo, shhhh, por favor, no murmures, quieta, a ver si te descompensás, tranquila, te voy a extrañar, pero créeme que vas a estar bien, tan bien que ni siquiera vas a notar mi ausencia cuando mañana, cuando canten los pajaritos como te gustaba decir a vos, te apliquen tu última sesión de quimioterapia.

Comentarios

Nuncio del Mar dijo…
Estimado (por unos días no jodo más):

La tercera parte de la trilogía es la más brutal de toda. Retomando aquello que dije sobre que la primera parte lo muestra como "un escritor maduro"; esta parte te muestra en "estado puro".

Me refiero a una catarsis tremenda que sube en su intensidad para generar el ambiente más propicio que le permita meter ese tremendo gancho de derecha (o izquierda ya que usted es zurdo) con el cual cierra la historia.

No iba a poner esto en el comentario, pero debo confesarle que fue la parte más dura de leer ya que a mi madre la operaron de cáncer hace ya varios años. Y sabe que, es una enfermedad de mierda ya que siempre sobrevuela en el ambiente.

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