El Bar de los Ausentes
“No entiendo como pudo suceder... Le juro que no pude anticiparme a nada”, murmuró, aturdido, un despeinado Gómez al tiempo que hundía la cuchara en el pocillo humeante de café. Estaba tenso, pero eso era habitual en él. “Entiéndame, irrumpieron al atardecer y apenas me dieron tiempo de cubrirme la cabeza para evitar cualquier golpe”, agregó, para luego clavar el verde pantano de sus ojos en un mosaico sucio de la vereda; transponer con desesperación el ventanal tatuado de manos marcadas de aquel bar donde, abruptamente, me había citado de madrugada. Un grito violento; una suplica animal y sombría había interrumpido mi sueño horas antes. Derrumbado en la cama, apenas pude mover ligeramente el brazo para tomar el tubo del teléfono y contestar a ese lamento alejado. Luego lo supe: en medio del caos, sólo una opción había cobrado vigor entre las tortuosas cavilaciones que turbaban a Gómez: llamarme. Ahora, pese a mi ausencia de humor, nos encontrábamos frente a frente. “In My Darknest Hou...